POESÍA EN ACCIÓN. Gilbert K. Chesterton

Si me preguntaran por qué creo que toda nuestra sociedad industrial sufre la maldición de la esterilidad y lleva la marca del esclavo podría dar muchas respuestas, pero una servirá por el momento: porque no es capaz de crear una costumbre; sólo puede crear modas. Ahora bien, una moda es simplemente algo que no ha podido llegar a ser una costumbre. Se convierte en moda aquello que ya ha fracasado como costumbre. Los ricos, que son las personas más inconstantes de la humanidad, hacen una cosa tras otra y demuestran con ello no ser capaces de crear ninguna lo bastante buena para que dure. Sus sucesiones de modas son en sí mismas sucesiones de fracasos. Pues cuando los hombres han hecho cosas realmente dignas y humanas han deseado siempre que perduren o, cuando menos, que perviva algún vestigio de ellas.

 

Poseemos estatuas de todas las escuelas artísticas y edificios de todos los períodos de la arquitectura. Pero la moda, en el sentido febril que tiene en la actualidad, es una cosa totalmente distinta, una cosa meramente destructiva y, en realidad, una cosa enteramente negativa. Es como si un hombre estuviese esculpiendo perpetuamente una estatua y destruyéndola tan pronto como la termina; como si estuviera siempre manoseando torpemente la arcilla y nunca consiguiera modelarla a su gusto. Es como si la gente comenzase a excavar los cimientos de una casa antes de haber terminado de ponerle el tejado. Esto no es actividad, energía ni eficiencia; no es ciertamente eficiencia, pues nunca consigue su efecto, nunca lo considera eficiente o eficaz. Es simplemente inestabilidad y descontento, y una de sus características es la incapacidad de crear una costumbre. No es posible, por ejemplo, crear un ceremonial y aún menos crear una leyenda. A veces puede intentar una broma, puede intentar esa especie de comida muy triste que los millonarios llaman «antojo» en los Estados Unidos. Pero sea lo que sea no puede repetirse; ni siquiera el millonario más estúpido podría soportarlo.

 

Cuando el viajero visita un lugar como España lo primero que le llama la atención es el cambio de esa atmósfera de frivolidad dura y estéril a una atmósfera de festividad grave y solemne. Los españoles aún poseen más costumbres que modas, y sus costumbres les son naturales. No es necesario cambiarlas, pues incluso para las mentes más nuevas son siempre nuevas. Esto es particularmente cierto, por ejemplo, con respecto a los ceremoniales que en todas partes se realizan alrededor de la infancia. Los adultos los comprenden tan a fondo que acaban convirtiéndose en eso que los juiciosos llaman niñerías y los tontos llaman puerilidades. Se trata de algo que es posible ver en un centenar de cosas que constituyen todo un sistema de comunicación entre dos generaciones. Pero puede verse sobre todo en esto: las personas mayores siguen siendo capaces de inventar una ceremonia igual que los niños se inventan un juego. Las ceremonias varían, no sólo de un lugar a otro, sino también de uno a otro siglo. No todas son antiguas como gusta a los anticuarios que sean las cosas, pues a los anticuarios sólo les gustan las cosas anticuadas. Así como los campesinos vivientes renuevan sus campos y sus granjas, así también renuevan sus habitaciones y costumbres. Así como restauran sus iglesias, poniendo remiendos nuevos a los edificios viejos, así también renuevan sus juegos y sus bromas, poniendo en un lugar muchos elementos que no se encuentran en otro.

 

Lo que llaman las procesiones de Sevilla existe en otros muchos lugares además de Sevilla. Pero así como se hace en muchos lugares distintos, así también se hace de muchas maneras diferentes. Hay con frecuencia elementos que son nuevos por su naturaleza, que son inesperados en el sentido de que probablemente nadie podría esperarlos. He oído decir que a veces un hombre sale al paso de una procesión y lanza al aire una canción absurdamente espontánea, como una improvisación de instrumento musical, y que a veces otra persona (también bruscamente inspirada por la musa) le contesta desde una ventana con una réplica poética apropiada. Pero el caso es que el viejo armazón permite esas cosas nuevas, del mismo modo que el viejo huerto da frutos nuevos o el viejo jardín flores nuevas. Esas viejas civilizaciones nos dan la sensación de que están siempre al comienzo de las cosas, en tanto que la mera innovación moderna nos da la sensación, hasta en su novedad, de que nos acerca cada vez más al final.

 

Hay en España, y probablemente en otros países meridionales, una costumbre que podría ser un modelo del instinto popular para la poesía en acción. Es la que corresponde a nuestra idea de Santa Claus, que es, por supuesto, San Nicolás, y en el Norte el patrón de los niños y el repartidor de regalos en Navidad. En el sur, sin embargo, desempeñan su función los tres Reyes Magos, y los regalos se hacen en la Epifanía. Es, en cierto sentido, una costumbre más lógica, a lo que quizá se deba que sea común entre los latinos. Los Reyes Magos llevan sus dones al Niño Dios y al mismo tiempo los llevan a los niños humanos. En relación con ello hallamos un magnífico ejemplo de como unas gentes que conservan ese instinto popular son capaces de poner en acción un poema.

 

Los reyes misteriosos llegan al final del día de fiesta, lo que también es en realidad  muy razonable. Es mucho mejor que los juegos, bailes y dramas, que son fugitivos, se realicen primeramente y que los niños se queden con los regalos, esto es, las posesiones permanentes, al final. Pero es también la ocasión de un proceso muy místico y conmovedor para la imaginación. Se imagina a los Reyes acercándose más cada día, y, si hay imágenes de esas figuras sagradas, se las hace avanzar un poco cada noche. Solo esto resulta ya extrañamente impresionante, bien se considere como un juego de niños o como una meditación mística sobre los misterios del tiempo y el espacio. En la última noche, cuando se supone que llegan a través del tiempo los extraños viajeros, los niños dejan cuidadosamente agua y pienso para los camellos y caballos de esa cabalgata sobrehumana procedente de las lejanías de Oriente. Hasta el hecho de poner agua, tan necesaria para los animales orientales, basta para sugerir ese alcance de la imaginación hasta los extremos de la tierra.

 

Ahora bien, este es sólo un ejemplo, entre los centenares que se podrían recoger en cualquier valle o zona campesina, de algo que la gente podía crear en épocas más sencillas: un drama completo y concreto perfectamente sencillo e insondablemente profundo. Lo que quiero saber con respecto a la civilización moderna, que de muchos modos se preocupa tanto por la belleza, que de algún modo se preocupa demasiado por ella, es por qué no es capaz de producir esas cosas bellas. No deseo que copie a España y los Reyes Magos ni a Escandinavia y San Nicolás ni ningún rito local particular. Pero, ¿por qué no es capaz de inventar nada propio? Llevo demasiado tiempo esperando la respuesta.

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